miércoles, 28 de noviembre de 2012

Animación a la lectura. Seis ideas. (I)

Hace años, uno de los temas de discusión más interesantes e intensos era el de la "animación a la lectura". Bajo esta denominación se justificaba casi cualquier actividad y muchas veces tuvimos que asistir a discusiones de lo más extravagantes sobre teorías relacionadas con animar a leer. Desde aquellos tiempos me ha gustado coleccionar testimonios de gente relatando sus primeras experiencias lectoras donde se observan las curiosas maneras de iniciarse y también la variedad, cantidad y obsesiones que marcaron sus inicios como lectores. Muchos de estos relatos son de escritores, pero también hay de científicos y de lectores comunes. Me animo a iniciar una serie de textos breves para mostrar que, a veces, un pequeño gesto es suficiente para despertar una pasión.


 
Devoraba todos los libros, folletos y opúsculos de cualquier especie que caían en mis manos. Sin discernir, siempre, con claridad, la diferencia entre un manual de física recreativa donde se afirmaba que un espejo, una habitación limpia y clara, y una mente despejada, eran suficientes para descubrir la naturaleza de la luz, y los misterios, no menos impenetrables de El escarabajo de oro, que descubrí, al azar de mis lecturas nocturnas, en una colección de diminutos libros donde la divulgación fantástica y los relatos de terror se alternaban en un dudoso orden y concierto, que parecían satisfacer mis confusos anhelos infantiles
Juan Pedro Quiñonero:  
(Edicions Corts, 2003)
 


En una ocasión papá se ofreció a pagarme por leer: cinco dólares por libro. Me dijo que cogiera un libro de la estantería del salón, que iba del piso al techo. Encontré La llamada de la selva, de Jack London. Me gustaban los colores de la portada. Papá bajó el libro y me lo dio.

-Este tío fue un gran escritor. Has elegido bien.

Sesenta días más tarde había devorado cinco de las novelas de London. Estaba enganchado para siempre
Dan Fante: 
(Sajalín Editores, 2012)


Siguiendo su consejo adquirí una voluminosa Geografía pintoresca ilustrada con láminas y fotografías que fue por espacio de dos o tres años mi lectura favorita. Gracias a ella, sabía de memoria la extensión, población, capital, ciudades principales, status jurídico y riquezas naturales de todos los países del mundo. (…)
En el transcurso de los años de colegio el contenido de mis lecturas se había ido modificando: a la afición a los librillos de la colección “Marujita” siguió el descubrimiento de los personajes de Elena Fortún –tío Rodrigo, Celia, Cuchifritín- para pasar de corrido al de Emilio y los detectives y, sobre todo, de la serie ilustrada de Aventuras de Guillermo, probablemente una de las mejores del género. Mi interés por Julio Verne y Salgari fue algo posterior: consecuencia directa de mi frecuentación de los cines del barrio en donde proyectaban filmes de aventuras y, a fin de cuentas, de escasa duración.
Juan Goytisolo:  
 (Península, 2002)


A los dos años me enseñaron que cualquier habitación de nuestra casa, a cualquier hora del día, podía ocuparse para leer, y sobre todo para hacerlo en voz alta a quien quisiera escuchar. A mí me leía mi madre. Me solía leer por las mañanas en el dormitorio grande, juntas las dos en una mecedora que crujía al compás de nuestros movimientos, como una cigarra que acompañara el desarrollo del relato. Me leía en el comedor durante las tardes del invierno, ante el fuego de carbón, y la historia la terminaba el reloj con su cucú, y me leía por la noche cuando yo me acostaba. Creo que no le di un solo respiro. A veces me leía incluso en la cocina, mientras batía la mantequilla, y el sonido del mortero repicaba a la par que el cuento, cualquiera que eligiese. Soñaba con que ella me leyera mientras batía yo la mantequilla; una vez decidió complacerme, pero el cuento terminó sin que yo hubiese podido cuajarla. (...) Me asombró y me decepcionó que los libros de cuentos los escribieran las personas, y no maravillas de la naturaleza que brotaran como la hierba. Con todo, ajena a su procedencia, no recuerdo un solo momento en el que no estuviera enamorada de ellos: de los propios libros, de las cubiertas, de la encuadernación y del papel en que estuvieran impresos, de su olor y de su peso...
Eudora Welty
(Impedimenta, 2012)  




  Miércoles, 12 de Octubre. Hojeamos los absurdos libros de lectura (para niños que aprenden a leer) del peronismo. Digo que yo aprendí a leer con el Veo y leo. Borges cree haber empezado con El nene. BIOY: "De chico, yo era muy snob y no leía los libros de la Biblioteca Araluce porque eran obras famosas, adaptadas para chicos (leía libros para chicos, como Pinocho; pero no admitía obras para grandes adaptadas para chicos)". BORGES: "A mí me pasaba algo parecido. Una vez leía con mucho orgullo una Historia de Grecia  hasta que vi que en la portada decía Adaptada para los niños"
Adolfo Bioy Casares
(Backlist, 2011)    


 
Debo consignar que en mi casa no se consentían libros de recreo. (...) Un día, explorando mis resbaladizos dominios de tejas arriba me asomé a la ventana de un desván del vecino confitero y contemplé con deliciosa sorpresa, al lado de trastos viejos y de algunos cañizos cubiertos con dulces y frutas secas, copiosa y variadísima colección de novelas, versos, historias y relatos de viajes. Allí estaban, tentando mi ardiente curiosidad, todas las obras que había oído nombrar y celebrar y muchas otras admirables cuya existencia no sospechaba siquiera. (...) Ante tan feliz acontecimiento quedé lleno de emoción durante algunos minutos. Pasada la sorpresa y decidido a aprovecharme de mi buena fortuna, me puse a pensar cómo explotaría aquel inestimable tesoro, evitando las sospechas del dueño y las huellas de mis pasos por el desván. (...) Tras mucho reflexionar, decidí dar el primer golpe por la mañana temprano, durante el sueño de los inquilinos, y coger los libros codiciados de uno en uno, reponiendo cada volumen en el mismo lugar de la anaquelería.  ¡Quién sería capaz de encarecer lo que yo gocé con aquellas sabrosísimas lecturas! Tan entusiasmado y alegre estaba que me olvidaba de todas las vulgares necesidades de la vida material 
Santiago Ramón y Cajal
(PUZ, 2007)    
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